Seguramente a algunos la detención de Jorge Castillo (la cara visible de ¨La Salada¨) los
alegrará y a otros, también seguramente, los enojará. Y el mismo motivo (la
detención) hará que muchos otros se sientan ¨estigmatizados¨, ¨dolidos¨ y hasta
¨descastados¨ por la medida tomada por el Fiscal Escalera.
Vamos de a poco.
Jorge Castillo es la cara visible de una organización
mafiosa destinada a:
a) Evadir
impuestos
b) Mantener
personas en estado de servidumbre
c) Comerciar
mercadería de dudosa procedencia
d) Manejar
a políticos, funcionarios, y fuerzas de seguridad a su antojo.
Por más que uno le pusiera toda la buena onda posible a
este comentario, no podemos negar que estos simples 4 puntos son producto del
imaginario popular y sí la realidad misma. Y todos (los que hemos ido alguna
vez a La Salada), comprobamos en carne propia lo enumerado. Precios imposibles
de mercadería supuestamente ¨original¨, la mayoría ¨importadas¨, ofertas de
electrónica innegables al momento de decidir la compra, nada de facturas
legales y la policía, impasible ante la comisión del simple robo de una
billetera.
Alimentos para consumo humano que no pasarían los menores
análisis bromatológicos expuestos por horas al medioambiente y los clásicos
¨trapitos¨ y medios de locomoción en tal estado de precariedad que,
sinceramente, únicamente nos animaríamos a usar si estuviéramos en zona de
guerra.
Se dice por ahí que la creación de La Salada (y de las
¨Saladitas¨) respondió al intento de supervivencia derivado de la crisis de
2001.
Hasta ahí, la historia formal si querés.
Pero de ahí en adelante, todo derivó en un cóctel explosivo
de corrupción, mercado negro, e ilegalidad en su máximo esplendor. Pero,
siempre hay un pero, este tipo de ¨comercialización¨ tiene sus defensores y
detractores. Por un lado, los eternos defensores de los derechos (al trabajo,
por caso), quienes hacen la vista gorda ante la evasión o el trabajo en negro,
aunque sean los que critican esta situación y con ridículas respuestas ante la
inacción, ineficiencia, inutilidad e ineficacia del gobierno (de cualquier
ideología), quien a falta de políticas acordes a la generación de empleo
genuino (porque, hasta cierto punto ¨les conviene¨) tener este tipo de
organizaciones (sin darse cuenta que son como el monstruo de Frankenstein), hacen
la vista gorda y dejan que, un perejil como Jorge Castillo, vaya en cana unas
horas.
Los estamentos del Estado dedicados a cuidar y proteger al
mismo (y al ciudadano), llámense ARBA, AFIP o Aduana, llegan a tal punto de
corrupción que mágicamente, todo lo dicho anteriormente NO EXISTE. ¿Cómo se
puede entender que una oficina de ARBA funcione DENTRO de La Salada y no haya
detectado ningún ilícito? ¿O ahora me van a decir que absolutamente TODOS LOS
COMERCIANTES, incluido el mismísimo Jorge Castillo tienen TODAS SUS CUENTAS EN
BLANCO, como se exige desde los organismos oficiales y oficiosos?
Obviamente, si debemos suponer que TODA LA CADENA DE
COMERCIALIZACIÓN es legal, así también debemos aceptar que tanto los gobiernos
como la administración del Estado han hecho la vista gorda ante semejante antro
de corrupción.
Jorge Castillo, repito, es la cara visible de una
organización mafiosa de la que jamás sabremos quiénes son sus jefes.
En el mientras tanto, le damos de vuelta pan y circo a la
gilada que lo mira por tv., con allanamientos jolibudenses, tocando el corazón
de los DDHH con los puesteros que se quedarán por unos días sin poder
¨facturar¨, y con una aparente tensión entre puesteros y la policía que
custodiará el predio.
Pero nos preguntamos: aparte del Intendente de Lomas de
Zamora, Martín Insaurralde, quien inocentemente dirá que ignoraba toda esta
situación… ¿quiénes están arriba de Jorge Castillo?
Si los descubren y les caen con todo el peso de la ley,
todo bien.
Si no lo hacen, Sres. Representantes del Estado, sigan
haciendo como perro que volteó la olla y aquí no ha pasado nada, más que un
error de concepto.
O recordemos la leyenda del anillo del finado Julio
Grondona: ¨TODO PASA¨.
Y si se dan las dos situaciones, dejémonos de joder de una
vez por todas y reconozcamos que, tanto como zoociedad o como intento de país,
nos encanta vivir así, haciéndonos soberanamente los boludos.
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