viernes, 23 de junio de 2017

La Salada

Seguramente a algunos la detención de Jorge Castillo (la cara visible de ¨La Salada¨) los alegrará y a otros, también seguramente, los enojará. Y el mismo motivo (la detención) hará que muchos otros se sientan ¨estigmatizados¨, ¨dolidos¨ y hasta ¨descastados¨ por la medida tomada por el Fiscal Escalera.

Vamos de a poco.

Jorge Castillo es la cara visible de una organización mafiosa destinada a:

a)   Evadir impuestos
b)   Mantener personas en estado de servidumbre
c)   Comerciar mercadería de dudosa procedencia
d)   Manejar a políticos, funcionarios, y fuerzas de seguridad a su antojo.

Por más que uno le pusiera toda la buena onda posible a este comentario, no podemos negar que estos simples 4 puntos son producto del imaginario popular y sí la realidad misma. Y todos (los que hemos ido alguna vez a La Salada), comprobamos en carne propia lo enumerado. Precios imposibles de mercadería supuestamente ¨original¨, la mayoría ¨importadas¨, ofertas de electrónica innegables al momento de decidir la compra, nada de facturas legales y la policía, impasible ante la comisión del simple robo de una billetera.
Alimentos para consumo humano que no pasarían los menores análisis bromatológicos expuestos por horas al medioambiente y los clásicos ¨trapitos¨ y medios de locomoción en tal estado de precariedad que, sinceramente, únicamente nos animaríamos a usar si estuviéramos en zona de guerra.

Se dice por ahí que la creación de La Salada (y de las ¨Saladitas¨) respondió al intento de supervivencia derivado de la crisis de 2001.

Hasta ahí, la historia formal si querés.

Pero de ahí en adelante, todo derivó en un cóctel explosivo de corrupción, mercado negro, e ilegalidad en su máximo esplendor. Pero, siempre hay un pero, este tipo de ¨comercialización¨ tiene sus defensores y detractores. Por un lado, los eternos defensores de los derechos (al trabajo, por caso), quienes hacen la vista gorda ante la evasión o el trabajo en negro, aunque sean los que critican esta situación y con ridículas respuestas ante la inacción, ineficiencia, inutilidad e ineficacia del gobierno (de cualquier ideología), quien a falta de políticas acordes a la generación de empleo genuino (porque, hasta cierto punto ¨les conviene¨) tener este tipo de organizaciones (sin darse cuenta que son como el monstruo de Frankenstein), hacen la vista gorda y dejan que, un perejil como Jorge Castillo, vaya en cana unas horas.

Los estamentos del Estado dedicados a cuidar y proteger al mismo (y al ciudadano), llámense ARBA, AFIP o Aduana, llegan a tal punto de corrupción que mágicamente, todo lo dicho anteriormente NO EXISTE. ¿Cómo se puede entender que una oficina de ARBA funcione DENTRO de La Salada y no haya detectado ningún ilícito? ¿O ahora me van a decir que absolutamente TODOS LOS COMERCIANTES, incluido el mismísimo Jorge Castillo tienen TODAS SUS CUENTAS EN BLANCO, como se exige desde los organismos oficiales y oficiosos?

Obviamente, si debemos suponer que TODA LA CADENA DE COMERCIALIZACIÓN es legal, así también debemos aceptar que tanto los gobiernos como la administración del Estado han hecho la vista gorda ante semejante antro de corrupción.

Jorge Castillo, repito, es la cara visible de una organización mafiosa de la que jamás sabremos quiénes son sus jefes.

En el mientras tanto, le damos de vuelta pan y circo a la gilada que lo mira por tv., con allanamientos jolibudenses, tocando el corazón de los DDHH con los puesteros que se quedarán por unos días sin poder ¨facturar¨, y con una aparente tensión entre puesteros y la policía que custodiará el predio.
Pero nos preguntamos: aparte del Intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, quien inocentemente dirá que ignoraba toda esta situación… ¿quiénes están arriba de Jorge Castillo?

Si los descubren y les caen con todo el peso de la ley, todo bien.

Si no lo hacen, Sres. Representantes del Estado, sigan haciendo como perro que volteó la olla y aquí no ha pasado nada, más que un error de concepto.

O recordemos la leyenda del anillo del finado Julio Grondona: ¨TODO PASA¨.

Y si se dan las dos situaciones, dejémonos de joder de una vez por todas y reconozcamos que, tanto como zoociedad o como intento de país, nos encanta vivir así, haciéndonos soberanamente los boludos.